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miércoles, 7 de octubre de 2009

Narración en Salón de Belleza de Mario Bellatín




Blas Puente-Baldoceda

Northern Kentucky University

    
Al narrador-personaje le fascina la belleza de los peces en los acuarios, los observa objetivamente y describe con exacerbado detallismo los rasgos físicos y las costumbres de las diversas especies que va adquiriendo. En el ciclo de reproducción de estos seres frágiles y hermosos le asombra, asimismo, el grado de violencia y crueldad con que se destruyen unos a otros. Desde las primeras lineas se asoma, pues, el oximorón: vida/goce/belleza versus muerte/horror/fealdad, núcleo temático de la historia, que se organiza en la estructura narrativa del relato mediante un entramado de lineas argumentales en el cual cobran prioridad el media res y las analepsias y las prolepsis. En otras palabras, las múltiples historias del argumento intrigan al lector por sus media res con restrospecciones que lo remontan a las causas, precedentes u orígenes de sucesos o personajes, o anticipaciones que adelantan sucesos, ramificaciones todas que se entrecruzan sin dejar de complementarse en el eje diacrónico de la diégesis, y que confluyen todas hacia el nivel primario de la trama de la historia: el paulatino deterioro del cuerpo humano acosado por la enfermedad, proceso que culmina con la muerte anunciada del protagonista. Tan pronto como éste empieza a contar la historia de los acuarios poco a poco va introduciendo las otras historias de las penurias que atraviesan amigos o extraños que son víctimas de los homofóbicos, la historia de los baños turcos donde se insinúa la tentación de ser violado en un territorio de nadie, la historia de las excursiones nocturnas en busca de hombres para el placer sexual, la historia familiar del narrador, la historia de uno de los huéspedes con quien intima, la historia del origen del salón de belleza, las historias de los huéspedes de diferente género, etc.
    Aunque admite que no existe un paralelismo sincronizado entre el salón de belleza, convertido en un moridero donde se refugian los enfermos para agonizar, y los acuarios; sin embargo, el narrador-personaje alude a la semejanza entre los peces infestados por los hongos y los enfermos que exhiben síntomas como las llagas y las ampollas, ya que los primeros son rechazados por los peces depredadores y los últimos sufrirán el asco y la furia de los hombres del placer Asimismo, cuando el narrador-personaje se da cuenta de que él también contrajo la enfermedad, los peces empiezan a extinguirse de manera misteriosa; es más, tres peces mueren en la pecera que el narrador-personaje coloca al costado de la cama del muchacho traficante que agoniza y con quien, cegado por el sentimentalismo, mantuvo una fugaz relación íntima. Pero esta relación que existe entre dos espacios –el salón de belleza y los acuarios– no sólo es paralelística y de constraste sino que manifiesta también una recíproca complementariedad, puesto que al cundir el deterioro –a tal extremo que el salón de belleza comienza a heder–, el narrador-personaje mantiene al menos una pecera dizque para refrescar el medio ambiente.
    Por otra parte, la afición del narrador-personaje por los acuarios obedece a una motivación de orden estético. Hedonista, sí, un sibarita, que se complace estéticamente con la vistosidad cromática de las diversas especies e intensifica su goce de la belleza con la inclusión de tanques de oxígeno en forma de cofres de tesoros u hombres-ranas burbujeantes. Y esto último influye en su comportamiento, ya que selecciona con su pizca de supertición el color dorado para la indumentaria que se muda cuando sale en las noches en la búsqueda incierta de hombres para complacer su deseo sexual. Y otra vez advertirmos una suerte de paralelismo contrastivo en la estructura mental que va configurándose en el nivel del relato.
    Ahora bien, la crítica impresionística no ha escatimado términos –miniminalista, breve, austera, etc– para describir la extensión y el registro estílistico de la narración. Creo que la prosa bellatinesca, mesurada, transparente, concisa, es producto de una tendencia ennumerativa de la coordinación sintáctica. En otros términos, si analizamos el material lingüístico de la narración advertimos una casi monótona yuxtaposición de frases cortas u oraciones compuestas donde prevalecen las claúsulas coordinadas tales como las disyuntivas, conjuntivas, causales, adversativas, sólo para mencionar algunas. El autor biográfico afirma que su estilo es un rechazo de la retórica tradicional y el hallazgo de una nueva fórmula expresiva. Sin embargo, dicha transparencia estilística no es nada nuevo: es ensayada últimamente por una pléyade de escritores condicionados quizás por el logro de una fácil recepción por parte de los lectores cuyo horizonte de expectativas se ajusta cada vez más a un standard literario que responde a las demandas del consumo masivo en el tiempo de la globalización. Lo que sí es novedad es el meticuloso proceso de selección léxica que contribuye enormemente a condensar semánticamente la sobría sintaxis narrativa, especialmente cuando describe los ambientes de un modo sugerente, insinuante, logrando, en consecuencia, acicatear la imaginación del lector que merced a lo anterior logra visualizar los escenarios donde transcurren las peripecias del narrador-personaje pese a la economía lingüística del estilo de la narración. En una oportunidad el autor biográfico sostuvo que escritura es una agotadora búsqueda de la palabra exacta para colocarla en el justo casillero de un sistema coherente de estilo.
    Por otro lado, cuando describe el salón de belleza, el comportamiento de los peces y el de los huéspedes adopta una focalización externa, pero cuando explora las motivaciones de sus actos contradictorios adopta, naturalmente, una focalización interna. Por ejemplo, llega a la conclusión que extrañamente pierde interés en algo o alguién que en un primer momento lo entusiasmó: deja de alimentar a la primera especie de peces para que se aniquilen unos a los otros y luego los arroja cruelmente al excusado. Este narrador contradictorio y nada confiable, que se deja arrebatar por el goce estético o erótico, cambia abruptamente de ánimo hacia el rechazo y el olvido. Al muchacho de belleza "sosegada" le concede un trato especial –coloca un acario junto a su cama– , e incluso llega a intimar sin importarle el estado casi putrefacto del cuerpo, pero luego se reprocha por haber claudicado al sentimentalismo y decide tratarlo con distancia e imparcialidad como al resto de los huéspedes. El comportamiento del narrador se asemeja al movimiento de un péndulo ya que oscila entre el goce estético y erótico y un actuar truculento, escatológico, tremebundo y melodramático, aunque un extremo no puede darse dialécticamente sin el otro. Ahora bien, el autor ha declarado también que lo más importante en su creación literaria es la narración y el relato –es decir, el estilo y la estructura narrativa–y no tanto la historia –es decir, el argumento–, al ser asediado por la crítica periodística con respecto al carácter posiblemente biográfico de su escritura. Sin embargo, creemos que un ingrediente fundamental de su éxito consiste en la exploración del mundo de los homosexuales y la enfermedad del Sida, hechos o eventos del marco referencial de la sociedad contemporánea, de carácter universal, cuyo tratamiento literario con diferentes grados de sensacionalismo causó gran interés en un momento determinado entre los lectores. O sea, la historia del discurso narrativo que imagina el autor implícito, en base a un contexto referencial histórico, sí juega definitivamente un rol importante en el éxito literario de Salón de Belleza.
    Ahora bien, la organización temporal del relato es compleja ya que las múltiples lineas argumentales empiezan a narrarse en diferentes momentos del tiempo pasado y desde esos diversos planos temporales se producen las retrospecciones o analepsias con el propósito de explicar las causas, precedentes u orígenes de los sucesos o los personajes. Sin embargo, este eje diacrónico se relacionan con el plano sincrónico cuando la narración bruscamente cambia al tiempo presente en el preciso momento en que el narrador nota las llagas y las ampollas en su cuerpo. Ahora bien, en los segmentos narrativos finales el narrador-personaje elucubra sobre el destino del salón de belleza y su propia agonía usando expresiones de probabilidad, el modo condicional y el tiempo futuro, puesto que que se trata de eventos narrados como anticipaciones o prolepsis. Este movimiento pendular de analepsias y prolepsias de diversos puntos del eje diacrónico genera en el lector una impresión de simultaneidad temporal, probablemente una suerte de acronía o, más aún, de policromía de la temporalidad del relato. Por ejemplo, cuando describe el escenario de los baños turcos y narra el acostumbrado ritual de las clientas menciona la violación cuando infante de uno sus compañeros trasvestistas y luego retoma su historia para rememorar las tardes en que solía quedarse en dicho lugar hasta quedar completamente exhausto, y se sorprende de aquello ahora que ha perdido el ánimo. Asimismo, la historia del muchacho de belleza "sosegada" se narra en lapsos sin linearidad; al contrario, se entremezclan varios momentos tales como su origen, su delirante agonía, su actividad de viajar al extranjero y traficar con drogas, y su participación en los concursos de belleza que se lleva cabo en el local.    O nos narra, por ejemplo, en diferentes momentos del discurso narrativo, la historia del origen del salón de belleza (sus ahorros en un hotel de hombres en el norte del país después de abandonar el hogar materno por su conducta incorrecta), el proceso de su ornamentación (el motivo de los acuarios es ver flotar como si hubieran estado sumergidas a las clientas a quienes acaba de peinar y maquillar), el acondicionamiento del local para convertirlo en un moridero, el ataque del vecindario a local (su huída a la estación policial y el auxilio de las instutuciones), etc. En otras palabras, está acronía o policronía del relato que consiste en un ensamblaje de dislocaciones temporales a tal punto de generar una simultaneidad atemporal, resulta en una imposibilidad de organizar cronológicamente los eventos de la historia por parte del lector.
    Sea como fuere, el narrador-personaje –métodico, sistemático, eficiente–, en su labor de regentar el moridero, de maquillar y peinar a las clientas, de ornamentar el local, se ciñe con rigor a ciertos principios que procura no transgredir, a no ser de que quiera ser agobiado por un malestar anímico tal como ocurre cuando, obnubilado por el sentimentalismo, otorga previlegios e intima con uno de los huéspedes, hecho que sienta un mal precedente en su conducta que en algunos momentos adquiere ciertos ribetes de estoicismo. Por ejemplo, es estricto en cuanto a la reglamentación sobre los tipos de ayuda que debe o no recibir de las instituciones, el tratamiento impersonal de los huéspedes, el horario de citas con las clientas, el orden en las mejoras en la ornamentación del local, en la admisión exclusiva de hombres y no mujeres como huéspedes del moridero, etc. Ahora bien, mientras todo marcha sobre rieles en el salón de belleza, su vida se torna vacía y disipada en las calles donde realiza el ritual de las excursiones nocturnas en busca de hombres, la muda de ropas femeninas en los jardines públicos, los baños de los cines donde proyectan películas pornográficas, los pugilatos con otros compañeros por las parejas del placer; no obstante, con el establecimiento del moridero, su vida retorna al orden, la eficiencia y la responsabilidad. Otra vez, pues, se manifiesta el mecanismo del contraste o el contrapunto. Más aun: en un principio cuando por primera vez el narrador-personaje admitió al primer huesped se acudió al auxilio de médicos, enfermeros, yerbateros y curánderos, y todo el esfuerzo desplegado fue inútil, dado el carácter incurable de la enfermedad. Además, concluye quedicho esfuerzo no era sino un arreglo con sus consciencias. Este hecho dio origen al principio de no acudir a dichos auxilios: el moridero está destinado a proveer las necesidades básicas –cama, sopa y compañía–para procurar una muerte rápida y cómoda. Las hermanas de la caridad y otras instituciones prolongarían con sus contribuciones el sufrimientos de los huéspedes; al contrario, el narrador-personaje, que afirma, asimismo, no conmoverse ante la muerte, se inclina por un humanismo más práctico y efectivo, ya que considera una agonía breve como una gran bendición. Esta actitud estoica con cierto visos de crueldad también se manifiesta cuando describe con precisión y objetividad la evolución de los síntomas de los enfermos, en especial a los que son afectados por la vía estomacal, cuya agonía es un lento e interminable proceso de diarreas, no les quiere dar ninguna esperanza al recordarle que todos son iguales ante la enfermedad. En algún momento, se refiere a unos jóvenes vigorosos y enérgicos que admiraban los acuarios y en cuya mente concebían ya una futura muerte irrevocable, y que le ruegan ser admitidos como huéspedes del moridero, pero les niega el acceso, y sólo los acepta cuando exhiben los primeros síntomas. Esta referencia a los otros, le sirve como introito para una nueva introspección sobre la evolución de los síntomas en su cuerpo: en virtud de la experiencia adquirida en el moridero, detecta con eficacia la aparición de la enfermedad en la inflamación de los ganglios y en las pústulas en la mejilla derecha despues de haber soñado con su madre cuando ésta enfermó y le escribió una carta qué él jamás se dignó en contestar. Con sentimiento de culpa y augurándose el rechazo de los demás, salía de vez en cuando a divertirse, pero cuando los síntomas recrudecen, decide quemar el vestuario que heredó de sus dos compañeros muertos y casi se inmola –se chamusca el pelo y las cejas y parte del vestido–si no fuera por las canciones que entona completamente embriagado. Una vez más se advierte la misma dialéctica: salón de belleza, acuarios, canciones, recursos para paliar el deterioro del cuerpo humano y demorar la muerte irrevocable. Alguien le aconseja cuando era todavía un muchacho de gozar el tiempo de la juventud ya que la existencia es efímera. Esta consciencia de lo efímero y del deterioro de la existencia subyace en la novela como transfondo metafísico: por ejemplo, adquiere como ornamentación del local los espejos para multiplicar la belleza de los peces, pero luego los desecha para que no reflejen el horroroso acabamiento del cuerpo humano: las clientas viejas que disimulan tras un denso y pintoresco maquillaje una vana esperanza de juventud y belleza.
    Otra vez el juego de contrastes: los tiempos de esplendor del salón de belleza se debió a sus grandes esfuerzos que eran reconocidos afectuosamente por sus compañeros cuando le traían Marchantes –muchachos que los satisfacían por dinero–, pero ahora en los tiempos de decadencia le agobia la soledad, la carencia de amor y el miedo a la incertidumbre. Una vez más se propone afrontar el infortunio con estoicismo. Y en la narración de las últimas páginas el narrador-personaje, en virtud de una febril imaginación, especula sobre lo sucesos que ocurrirán cuando deje de existir mediante un registro lingüístico de expresiones de probalidad, del modo condicional y el tiempo futuro, los mismos que destinarán el salón de belleza para la muerte Asimismo, concibe planes de incendiar o de inundar el salón de belleza pero los descarta por carecer de originalidad, y, al final, opta por otro plan que tal vez nunca lo lleve a cabo: consiste en borrar todo rastro de la existencia del moridero mediante el reestablecimiento del salón de belleza con sus acuarios, ya que cuenta cuenta con suficiente capital derivado de las donaciones y las herencias de los huéspedes para comprar toda los implementos necesarios.
"No habrá clientas –imagina de manera exhuberante el narrador-personaje–, el único cliente del salón seré yo. Yo sólo muriéndome en medio del decorado (…) Me quedaré muy callado y sin hacer el menor ruido. Lo más seguro es que a los pocos días sospecharán que algo extraño ocurre dentro y es muy probable que derriben la puerta. Entonces me encontrarán: muerto pero rodeado del pasado esplendor."
   

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